Buceando por las estadísticas de mi blog, me sorprendo por un número notable de visitas desde Mala Pecora.
Mala Pecora es el blog de Slavina, una pornógrafa nata que se retiró de la escena barcelonesa durante algún tiempo para parir, criar y amamantar a una pequeña y deliciosa criatura que debe medir ya metro y medio. Yo no sé nada de ninguna de las dos desde hace meses, porque Silvia me borró de su FaceBook antes del verano. De su FaceBook y de su vida, se entiende. Los motivos: le di plantón en Roma. Silvia comisariaba una sección del LadyFest Roma y yo estaba entre las invitadas.
¿Por qué no cogí ese avión? Hay muchos motivos, pero el primero y principal es que un par de días antes una amiga común con la que compartíamos viaje y festival tuvo un ataque psicótico del que yo fui objeto. He vivido cientos de ataques psicóticos en mi vida, mi madre era una mujer esquizofrénica, y sé lo que son, y sé que no quiero más, que ya tuve suficientes, y me da igual todo y todos pero nada puede justificar que yo sirva de carne de cañón otra vez.
Miserias. El caso es que Mala Pecora publica en su blog una entrada solicitando ayuda con el diseño de su plantilla, fascinante tema, por cierto. A cambio ofrece material pornográfico y postpornográfico, conocimientos de final cut, lindezas varias y el teléfono de María Llopis. ¿El teléfono de María Llopis?
Si esta persona fuera mi amiga hubiera pensado que se trataba de un chiste gracioso y me sentiría alagada. Pero esta persona me ha echado de su vida, sin ni siquiera hablar conmigo, así que debe de estar muuuy cabreada. ¿Es esto un insulto? ¿Un intento de acercamiento? Mi hermano dice que me está llamando guarra y punto. Considerémoslo insulto o piropo, tengo mis dudas. En cualquier caso, me pregunto: ¿quién puede tener interés en tener mi número de teléfono?
Aunque la cuestión que realmente me preocupa es la del odio de las mujeres hacia mi persona. Necesito ambas manos para contar a las mujeres con las que he tenido una relación de amistad más o menos cercana y en la actualidad ni me saludan. Este verano me leyeron el árbol de mi Cábala y lo primero que me dijo mi pitonisa particular es que en mi vida habría mucha envidia por parte de las mujeres. Y que ello llevaría al odio. Es raro sentirse odiado. Es tan pasivo. Y tan culpable: ¿qué he hecho mal? Porque los motivos que la razón expone son confusos y nunca tienen mucho sentido. Miserias.
Ódienme, sean bienvenidas.



Algún lugar entre Kingston y Brockville, finales de octubre, espero sola mientras sopla el viento. Veo esta casa y me fascina, con su línea de ropa masculina tendida al viento, su coche y su calabaza. Tengo ganas de entrar, me acerco, pero no me atrevo. Atardece, ando hacia la puesta de sol entre los campos, me mojo los zapatos y no llego. Vuelvo al coche, cojo mi cámara y le hago esta foto a la casa.
