Lluvia llegó envuelta en un velo. Nació con gracia, dijo la comadrona. Por lo visto, uno de cada mil bebés nace con la envoltura llamada lanugo intacta, sin romper. Es un signo de buena suerte, ya que la criatura llega protegida a este mundo.
Lluvia miró a su madre fijamente al nacer. Y me miró a mí también. Y en esa mirada sientes el mundo entero a tus pies. Yo sentí que nacía de nuevo, que todo tomaba sentido, que en la mirada de ese bebé estaba el mundo entero. Lluvia miraba fijamente, tranquila, y esa mirada era una mirada que venía de otro mundo, de un mundo que intuyes y que tal vez sientes con los viajes de drogas, o en sueños, pero con el que nunca te habías enfrentado cara a cara.
Lluvia no llora. Ni cuando se la llevan las enfermeras a pincharla. Ella se mantiene tranquila, mirando con sus ojos hipnóticos. Tiembla de frío cuando la cambias, pero una caricia con la mano basta para calmarla. Tan solo un par de gritos que se tranquilizan al instante. Escucho en el hospital llantos de niños desesperados, llenos de dolor, pero ella no sufre.
Lluvia llegó el 21 de diciembre en el hospital con peor fama de Murcia. El hospital que tiene fama de partos medicalizados al máximo y de trato degradante. Pero el parto de Lluvia fue perfecto. Habéis tenido suerte, nos dijeron las comadronas. Y yo me pregunto qué es la suerte. Queremos controlarlo todo y a veces, controlando, lo perdemos. O más bien es que a pesar de nuestros intentos de control, las cosas salen.
En un parto, lo único que quieres es que la madre no sufra y que tanto ella como su bebé estén bien. ¿Pero qué puedes hacer para que así sea? Yo solo soy una teórica del parto.
Yo me hundí. El día de la inducción del parto me llené de miedo y sentí que estaba ocupando un lugar que no me correspondía. Que yo no era el padre de la criatura, y que qué hacía yo allí, enmedio de este evento que me superaba. Y con la maleta al cuello y camino de la estación, el padre de la criatura y la abuela hablaron conmigo y me hicieron ver que sí, que querían que estuviese allí de verdad, y la abuela me llevó a comer con sus hijos, y me dio vino, y comida buena, y me tranquilizó, mientras mi amiga comenzaba las contracciones gracias a una dosis de prostaglandina vía vaginal en una habitación de hospital tipo años 70.
Y llegué, y me quedé inmóbil al verla. Recuerdo que sentí que me congelaba ante la visión de mi amiga llena de dolor. De pié, apoyada en la cama, iba sintiendo las contracciones, una detrás de otra y yo sólo podía mirarla. Su madre le iba dando agua y le mojaba la cara con un paño húmedo, pero hasta eso rechazaba. La recuerdo también de pie, entre contracciones, con los ojos cerrados, tomando su barriga entre las manos y con expresión de extásis sexual. Ella estaba en otro lugar, en trance. No nos veía. Se encerró en el baño, y Michel Odent dice que cuando una parturienta se encierra en el baño es que está a punto de parir, porque busca aislarse del mundo. Llamamos a la comadrona y bajamos al paritorio, en camilla, a pesar de que ella no quería tumbarse. Pero en la puerta del paritorio no me dejaron entrar, y yo protesté y protesté. Querían que me fuese a una sala de espera que parecía estar a kilómetros de donde estaba mi amiga, y yo tenía que estar con ella. Finalmente una de las comadronas me dijo: espera aquí en la puerta, yo vengo a por ti, no tardo nada, de verdad. Y allí me quedé. Giré mi cabeza y me di cuenta de que no estaba sola. Detrás de mí había una familia gitana, con niños y abuelos, debían de estar esperando el parto de una de sus mujeres, y tampoco habían querido irse a aquella sala de espera lejana. Me sentí cerca de ellos y de su cutura. Yo era como ellos. Payos ridículos. Abrían la puerta un poco y miraban y yo me sumaba, pero no veíamos más que un pasillo y yo no sabía donde estaba mi amiga.
Finalmente llegó la comadrona a por mí y me llevó con ella, le habían abierto una vía por la que le suministraban un antibiótico y tenía el estómago lleno de sensores para monitorizar el latido del corazón del bebé. Y lo escuchábamos, pum pum pum, tan fuerte, tan rápido. Pero ella no podía estar tumbada, el dolor era insoportable en esa posición, ella quería ponerse de pie, así que aquí empezó la negociación. Dejadla ponerse de pie, por favor, la vía no se va a caer. Por favor. Y nos dejaron. Yo me quité los zapatos y el jersei y la camisa, y me quedé en sujetador, porque me sobraba la ropa, y de repente alguien apareció con una camisita azul de hospital y me la puso, y con ella me sentí mejor, porque era muy ligera.
Es importante respetar las contracciones. Esto me lo explicó muy bien en Brasil mi amiga y performer mejicana Congelada de Uva. Durante las contracciones no le hables, no la muevas, espera a que pasen, y actúa rápidamente entre una y otra. Así que iba negociando con las comadronas, ahora sí, ahora no.
Pero no dejaba de entrar gente en la sala. La puerta hacía un ruido horrible y escuchábamos a una mujer en la cama de al lado gritando: quitadme este dolor, quitadme este dolor, quitadme este dolor. Pero mi amiga estaba hacia dentro, no le hablaba a nadie, no pedía nada, ella estaba como en trance agarrada a mí, cogida de mis brazos con la cabeza apoyada en mi pecho. Le susurré al oído que estábamos solas. Nada más lejos de la realidad, pero yo la cogía entre mis brazos para apartarla del mundo, para que no viera donde estaba, le ponía su pelo en la cara y con mi brazo le cubría los ojos. Para que sintiera que estábamos solas de verdad, y de alguna forma lo estábamos.
Pasamos a otra sala. Ahora teníamos un poco más de intimidad. Dos comadronas jovencitas, amables y guapas, y la famosa silla de parir, que me pareció enorme. Da miedo ver ese aparato inmenso en medio de la habitación. De ninguna forma mi amiga se iba a sentar allí, ella seguía cogida a mí, las dos de pie. Pedí que bajaran la luz, y lo hicieron. La luz era suave ahora, se quedó sólo un pequeño foco encendido en una esquina y las contracciones seguían y entonces la comadrona dijo que suave, que empujara suave, y yo sé que cuando está saliendo el bebé tienes que empujar suave para que no se rasgue el coño, o lo menos posible, así que estaba pasando, estaba naciendo, y de repente estaba allí, y la ví, perfecta, hermosa, y yo di un paso atrás, la pusieron en los brazos de mi amiga y en toda mi vida he sentido tanta alegría al verlas allí de pié, las dos juntas, todavía unidas por el cordón umbilical, que parece un cable de teléfono de los antiguos, por cierto.
Ella podría haberse ido andando con su bebé en los brazos, estaba llena de fuerza, pero ahora sí tocaba sentarse en el potro, para coserla. Tenía una pequeña rasgadura que las comadronas cosieron con un cuidado y un cariño infinitos. Y mi amiga, cuyo rostro había sido el rostro del dolor extremo, ahora estaba más hermosa de lo que yo nunca la había visto. Con Lluvia en sus brazos, sus rizos estaban más esponjosos, sus labios más rosas y su expresión era la del extásis místico. Y Lluvia la miraba, y me miraba a mí también un poco, y de repente yo sentí una ligazón con esa criatura de por vida, y sentí amor, como nunca había sentido hasta entonces, sentí un amor infinito hacía ella y hacía su madre y hacía el mundo entero, y quise ser mejor persona por ella y que este mundo fuera un lugar mejor de lo que es, por ella.
Ahora entiendo a Casilda Rodrigáñez cuando dice que el matriarcado es la sociedad en la que la prioridad es el bienestar de las criaturas.